Crónica de un hecho casi tenebroso

El universo de Claudio Romo es mágico, deslumbrante y, de cierto modo, aterrador. La conjunción de estos rasgos solo provoca placer en el lector de sus ilustraciones. De una extraña forma, los escenarios y personajes creados por el artista gráfico nacido en Talcahuano, te atraen al punto donde convergen el miedo y la maravilla. Sin embargo, es imposible abandonar sus trazos. El ojo los sigue atento, a pesar del terror que le puede provocar. Es que, tal como indican Pablo Espinosa y Germán Gautier en una entrevista realizada a Romo el año 2013, en su obra gráfica solo existe un enemigo: la normalidad. Y es cierto, nada es corriente en la obra de este tremendo artista visual.

Por David Agurto Álvarez

Descubrí a Claudio Romo por una casualidad. En mis estantes hay dos libros de él: El cuento de los contadores de cuentos (FCE, 2004) escrito por Nacer Khemir y que ilustra el artista chileno, y Crónica de los hechos portentosos (2015) publicado en una doble edición por Erdosain y Pehuén, en el cual, Romo se luce escribiendo e ilustrando. Solo hasta hace un par de semanas, tal vez un poco más, me percaté que ambos eran de su autoría. Jamás los había leído. Estaban ahí —como gran parte de mis libros— esperando a ser abiertos y recorridos. Pero… es difícil viajar por sus ilustraciones. La primera en la que me detengo es un ojo, un ojo abierto que muestra una especie de mar, una corriente que me transporta a escudriñar algo que no está. Y hablando de ojos, es muy complejo no detenerse en las miradas de todos los personajes que Claudio ofrece en el primer relato que nombré. Todos te observan. Algunos con una mirada infernal, otros con una contemplación profunda, aún más inquietante.

Siguiente ilustración: una ventana, dentro de una ventana, dentro de una ventana, dentro de una ventana. Es imposible no internarse en el mundo propuesto. Hay que observar con agudeza, no perder detalles, pues pareciera, que  la obra de Romo cobra vida por sí misma. Cuando compré estos libros, no me interesó para nada el texto, ni siquiera me preocupé de él. Solo quería observar, transitar por cada lugar recóndito que dibujó. Y si esta crónica es tenebrosa, es simplemente, porque a ratos los personajes me atrapan y me cuesta volver a la realidad, a saber que estoy en un escritorio, frente a un computador escribiendo un texto sobre las particularidades del trabajo de un ilustrador.

Tercera ilustración en la que me quedo congelado: un gallo del cual nace un olivo sobre su cresta, varios animales alrededor, un tanto esperpénticos y el protagonista cayendo al vacío con un rostro inundado en el temor. Pero lo que más llama mi atención es la presencia de una sandía. Primero porque rompe con la paleta de colores donde priman los tonos ocres, amarillos, marrones; es un verde que provoca un fuerte contraste. Y en segundo lugar, porque el fruto se transforma en diversos mundos. Cómo es posible eso, me pregunto tratando de apaciguar mi ánimo. Todos se han ido de la oficina, y estoy solo en un segundo piso escuchando música para tratar de evadir el cuento del contador de cuentos. Pero no lo logro. Cuarta ilustración: una mano tira de una oreja a un hombre que sale de la sandía. Y sin duda, solo pienso que es un demonio.

Decidido, cambié de libro. No sé si la situación mejora, pero me encuentro con una grata sorpresa. Claudio Romo es un ilustrador prodigioso, dominador de muchas técnicas. Es sabido que en sus inicios como artista se dedicó principalmente al grabado. La xilografía es una de mis formas predilectas a la hora de elegir arte, y Crónica de los hechos portentosos no solo es una gran muestra sino que también va acompañada de varias décimas como un homenaje a la Lira Popular.  El contraste entre blanco y negro propio –o tal vez lo más reconocido- del arte del grabado, encanta. Los grabados de Romo remiten realmente a los inicios del siglo XX. Posee un manejo audaz de la técnica, y no es extraño que sea tan conocido por aquello. Si bien el libro —muy bien editado por Daniel Blanco Pantoja— fue publicado recientemente, hace solo tres años, ya figuraba entre sus creaciones en el 1999, hace ya casi dos décadas.

Siento un ruido en la ventana. En el primer piso hay una actividad, un club de lectura, y me siento tranquilo, pero de todos modos ni siquiera se me pasa por la mente abrir la cortina para ver qué sucede afuera. Es el viento pienso, mientras me quedo perplejo en la guarda del libro. Una imagen, una sola, que aparece en el centro de toda la página: una máscara característica del cine gore. Por unos instantes, no puedo desviar la mirada. Segunda xilografía, el exlibris, un diablo sosteniendo una máscara de un hombre sonriente, y pienso por qué estoy solo en esta oficina, por qué me quedé trabajando hasta tarde, por qué uno de mis discos favoritos ya no me sirve para evadir esta realidad, que me confunde, que sé que es ficción pero que me hace dudar. Tal como señala Romo en dos de sus versos: “su razón está en la sed / de contar una verdad”; y la verdad es que quiero seguir palpando las ilustraciones y seguir narrando esta crónica.

Es muy difícil evadir la atmósfera que provoca el universo de Claudio Romo. Sus grabados son tan espectaculares y tan siniestros a la vez. Si muestra el infierno, no es otro aquel que el creado por el propio ser humano, con su crueldad, avaricia y sed de vino y poder. Pero también muestra a los personajes defensores más comprometidos con el mundo popular. Fusilamientos, cenas de demonios comiendo humanos. Ahora sí la casa está vacía, se siente el silencio. Solo suena el teclado. No quiero escribir más. Me he perdido en el universo mágico, deslumbrante, y por sobre todo tenebroso que ha creado Claudio Romo. Me queda un largo camino por recorrer hasta mi casa. Los libros los dejo aquí, que otro los vea. Lo peor es que en mi casa me espera Lota 1960, una de sus historias también la ilustra Claudio.

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Troquel

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