El rapto del príncipe Margarina

¿Qué tienen en común los siguientes libros? El proceso de Franz Kafka, El hombre sin atributos de Robert Musil, Plegarias atendidas de Truman Capote o 2666 de Roberto Bolaño. Pues ninguno vio la luz antes de la muerte de sus creadores y, después de largas discusiones editoriales, familiares y comerciales, fueron publicados de manera inconclusa. Mark Twain no fue la excepción, puesto que tras fallecer dejó escritas tres versiones para un mismo libro, finalmente publicado en 1916 como El forastero misterioso.

Por Diego Muñoz C.

Ahora, instalémonos en el presente. Llevemos el caso de las publicaciones póstumas un poco más allá y revisemos lo sucedido en la antesala de la publicación del libro El rapto del príncipe Margarina (Océano Travesía, 2017). ¿Qué pasa cuando –después de más de un siglo– se produce el hallazgo de unas notas sueltas que parecieran ser los fragmentos de un cuento para niños de Mark Twain? Atendamos esta interrogante en cada una de sus partes.

Cuenta el mismo escritor, en una entrada de su diario escrita en 1879 en un hotel de Francia, que sus hijas menores, Clara y Susy, le exigían que improvisara un cuento todas las noches: “entonces debía sentarme en el sillón grande, acomodar a cada niña en un brazo del sillón, e inventar un cuento para ellas”. La dinámica consistía en lo siguiente: las niñas escogían una revista y la hojeaban hasta dar con una ilustración que pudiera servir como puntapié inicial para la historia. Fue en una de esas jornadas que eligieron un diagrama de anatomía y –ante los intentos fallidos de Twain por persuadir a sus hijas hacia una imagen más sugestiva– brotó la historia de Johnny, un niño en extremo pobre e infeliz cuyo único amigo era un pollo. Tiempo después Twain tomó apuntes de estas sesiones, pero jamás terminó de articular el relato de forma completa.

Luego de la muerte del escritor en 1910, los apuntes fueron archivados en la Universidad de California en Berkeley. No fue sino hasta el 2011, en lo que solo puede ser tildado como un ejercicio de paleontología literaria, que serían encontrados por el académico John Bird, estudioso de Twain que investigó el material escudriñando referencias alimentarias con el fin de recopilar un recetario de cocina inspirado en la figura del oriundo de Misuri. Tres años después, una editorial consiguió los derechos de las notas inconexas con un propósito distinto al de publicarlas de manera inconclusa. ¿Cuál sería este? Convertirlas en una nueva obra.

La tarea fue encargada al escritor Philip C. Stead y a la ilustradora Erin E. Stead, dupla creativa  premiada con la Medalla Caldecott por el libro Un día diferente para el señor amos (Océano Travesía, 2011), quienes rápidamente se dieron cuenta del tesoro que tenían entre manos y de la magnitud del trabajo que se les había confiado. Es así como empieza a tomar forma la historia de Johnny, un chico de existencia miserable que vive acompañado de su amargado abuelo, y de un pollo enjuto y desplumado que tiene por nombre el de Hambruna y Pestilencia.

¿Pero cómo contar esta historia sin traicionar el humor, la ironía y la inventiva desbordada que caracterizó el trabajo literario de Twain? Para ello Philip C. Stead se recluyó a escribir en la Isla Castores en Michigan, ideando que fuera el mismo Twain quien le recitara los hechos sucedidos, mientras toman el té y discuten los pormenores de las desgracias en las que se ve envuelto el desdichado protagonista cuando su abuelo le pide que vaya a vender el pollo al mercado. La narración alterna las ingeniosas notas de los autores y los exabruptos de Twain que irrumpen para exigir mayor dinamismo a los hechos que van aconteciendo: “–Y como no hay nada más aburrido que un diluvio de buenos momentos –dijo Twain–, vamos a dejar aquí la historia y saltar a un momento donde el peligro futuro esté al acecho…”.

Por su parte, la talentosa Erin E. Stead apuesta por ilustraciones en tenues tonos pastel que van completando la significación de lo narrado, aportando el humor y el sarcasmo que requiere un cuento como el inventado por Twain para entretener a sus hijas hace más de cien años. Las técnicas utilizadas combinan métodos de diseño antiguo y otros modernos, desplegando grabados, tintas y una novedosa técnica con cortadora láser. El resultado es notable y se puede observar en toda su dimensión artística en las dobles páginas que se extienden a lo largo de este precioso libro ilustrado. En definitiva, El rapto del príncipe margarina nos llega con una perfecta ejecución gracias al trabajo en conjunto del mundo académico, creativo y editorial, en un relato que se adjunta a la historia de los libros póstumos y a la única ley de la narrativa que, en palabras del mismo Mark Twain, “no tiene ley”.

Esta reseña fue publicada en agosto de 2018 en el boletín n°7 del comité de valoración de libros Troquel.

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