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Fernando vuelve a casa

Por Daniela Branada S.

Es maravilloso (y justo) pensar que el mundo editorial, el mundo de la ilustración, de las imágenes y del arte en Chile pongan sus energías un momento en pensar a Fernando Krahn como unos de los más importantes ilustradores chilenos y hacer un esfuerzo por desempolvar la obra enorme de este artíce visual, irónico e inteligente. Es necesario reencontrarnos con él, con su huella elusiva y con todo su original estilo, con su mundo gráfico y enaltecerlo como se merece para poder ver sus libros en estanterías de bibliotecas y librerías más a menudo.

Isabel Molina, fundadora de Grafito Ediciones, hizo parte de ese esfuerzo y rescató la obra distinta de Krahn Látigo de cien colas, libro originalmente editado en Barcelona en el año 1988, con textos —en ese tiempo y no en la actual edición de Grafito— del poeta visual Joan Brossa.

Abrirlo y mirarlo es ver una exposición de realidad, donde se pasean personajes históricos que sabemos lo que están pensando y lo que tienen entre manos. Trajes a la medida, secretos al oído, pipas encendidas, llamadas telefónicas que son costumbres de ese grupo en particular.

El libro lo entendemos, lo hemos vivido, pero no es fácil digerirlo sobre todo por su carga imaginaria. Aparte de que está esplendorosamente bien ejecutado en sus detalles gráficos con el grato mordiente como único protagonista sobre un fondo blanco, maneja las sombras, claroscuros y las sombrías miradas de cada personaje, en cada escena.

Sobre los textos de Brossa, que lo acompañaban en la primera edición, comenta Isabel Molina, que fue una decisión responsable y muy pensada no volver a colocarlos, porque no tenían el peso o la relación directa necesaria para formar un buen conjunto, pues la imagen por sí sola habla y dice todo.

¿Qué es un látigo de cien colas? Quizás existe un objeto así o existió solo en la imaginación de Krahn, pero sin duda lo contempló en su visión para luego plasmarlo como metáfora de castigo hacia los mismos personajes que muestra como monstruos. En realidad, el látigo de cien colas son las cien miradas de lectores distintos, en diferentes lugares, que acusan la frialdad y la inmundicia de la cápsula en la que viven estas bestias. Y otros pensarán que el látigo de cien colas es el libro mismo y las cien heridas que provocaría en la mirada del lector. También puede ser.

Elogiamos la reedición de esta galería de imágenes museísticas en forma de libro oscuro. Porque no es para niños, no es humor gráfico, no es lo que estamos acostumbrados a ver de la obra de este creador. Es muy distinto, es más como una licencia en su quehacer diario, es un atrevimiento con carácter, que evocan imágenes sin tiempo para la eternidad.

Gran trabajo de rescate de Grato Ediciones y a su adjudicación de los Fondos de libro y la lectura 2016, que con un poético prólogo del escritor Armando Uribe y una presentación del investigador Claudio Aguilera, lo vuelven un tesoro y un descubrimiento. Ya contamos con un poco más de la obra de este escurridizo autor y creador, fallecido hace ya ocho años, en su Barcelona de siempre.

Ilustración interior de «Látigo de cien colas» (Grafito, 2016)

Ilustración interior de «Látigo de cien colas» (Grafito, 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este artículo fue publicado en marzo de 2018 en el boletín n° 6 del comité de valoración de libros Troquel.

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Troquel

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