La onírica realidad de Shaun Tan

Han pasado veinte años de la publicación del primer álbum del autor australiano Shaun Tan, y estos últimos meses en nuestro comité nos ha maravillado con dos nuevas entregas: La ciudad latente y Cigarra, ambas editadas por Barbara Fiore Editora el año 2018. 

Por Isabel Casar L.

 

Un sello en la obra del artista australiano, nacido en 1974 en Perth, es la capacidad por fascinar: sus relatos cortos nos llegan como profundos espejos a través de sus textos e ilustraciones, creando imágenes que conmueven, impactan y nos sumergen en un mundo paralelo. En cada libro, pintura o cortometraje filtra la reflexión filosófica como sustento de su obra, despierta el cuestionamiento de problemáticas inherentemente humanas como la separación, la permanencia, la diferencia, lo real y lo fantástico. 

Enfrentarse a una obra de Tan es, sin duda, una experiencia estética. Su trabajo como artista visual aplicado a la ilustración lo convierte en un virtuoso en el manejo de ritmos y atmósferas, construidas inicialmente con pinceles sobre lienzo para luego, en sus obras siguientes, indagar en técnicas mixtas –como pequeñas esculturas, posteriormente ilustradas– que le permitieron expandir su imaginario hacia otras dimensiones. Sus textos, en tanto, complementan la visualidad a través de la (im)precisión en las palabras. Así, texto e ilustración se abrazan sinérgicamente, para producir emociones o complejizar la lectura de cada uno de ellos, subyaciendo ante el principio del extrañamiento, remeciendo al lector y sumergiéndolo en un mundo ficcional lo suficientemente complejo para contener el mundo real.

Ganador de afamados premios –entre ellos, el Astrid Lindgren 2011 y ese mismo año del Oscar al mejor cortometraje animado por La cosa perdida (2010), adaptación del libro homónimo publicado en 2005–, Shaun Tan nos maravilló estos últimos meses con dos nuevas entregas, La ciudad latente y Cigarra. Ambos libros, editados por Barbara Fiore en 2018, se mantienen en directa sintonía con la poética desarrollada por el autor en sus obras anteriores, tanto en las temáticas como en las técnicas utilizadas. 

«La ciudad latente» (BFE, 2018)

 

El primero de ellos, La ciudad latente, retoma el trabajo hecho en Cuentos de la periferia (Barbara Fiore Editora, 2008), relatos en donde lo mundano contrastaba con lo extraordinario –una criatura marina dentro de una casa, un búfalo en medio de una parcela vacía, una siniestra máquina instalada en un parque–. Diez años después, La ciudad latente permite a Tan reunir pequeñas historias fantásticas en las que lo onírico se cuela, como por grietas, en ambientes reales, haciendo que “la posibilidad de…” se apodere de los cuentos. 

Esta vez, la compilación de veinticinco relatos cortos y algunos poemas se centran en la convivencia de inusuales animales con humanos en una ciudad sin alma, hablándonos de la supremacía del poder de nuestra especie, la pérdida de la relación orgánica con la naturaleza y de la posibilidad que nos entrega la fantasía para conectarnos con ella. 

“Eso es algo que los ricos no entienden de nosotros –meditó–, que nuestro mundo es una preocupación constante por el dinero. Nosotros somos los que nos preocupamos, los que sostenemos el mundo con su preocupación. Ellos piensan que es lo contrario, que es lo que hacen ellos, como si fuera el orden natural, de arriba abajo. Pero no hay orden natural, todo es suerte y absurdidad… Lo sabía, pues había oído cosas, era el mueble humano que servía el café, tomaba notas… Ahora sacudía agua con fuerza a las ranas y estas se encogían de miedo.” (P. 128).

Estas tensiones entre las formas naturales y las creadas por el hombre, representadas por el autor con paisajes urbanos llenas de seres fantásticos y escenarios oníricos, responden a un interés que se remonta a sus primeros años como estudiante. En una entrevista para Revista Babar, el sitio web especializado de literatura infantil y juvenil, el autor precisó: “En el instituto estaba muy interesado en la ciencia (a la vez que en el arte), especialmente en biología y evolución, en el hecho de que los humanos son en el fondo animales que provienen del mundo natural pero han preferido construir su propio mundo artificial”. 

Shaun Tan nos hace recorrer la ciudad enfrentándonos a sensaciones diferentes, mostrándonos distintos tipos de relaciones que tenemos con los animales y con nosotros mismos como especie humana: miedo, asombro, contemplación, amor, lejanía, dominación, entre otros. “Siempre hay cierta ansiedad sobre la manera de relacionarnos con la naturaleza, y los problemas de la tecnología, y la forma en que construimos realidades que podrían estar más cerca de la ficción que de la verdad”, explicó para el mismo medio, reflexión que podemos identificar en los relatos de La ciudad latente. Allí, mientras recorremos una ciudad fantástica, se cuelan en ella amargos reflejos de realidad, mediada por el dinero, la devastación y el abandono. 

El trabajo, la familia, la educación, las brechas sociales de nuestra sociedad, son abordadas en los distintos cuentos de este libro, para situarnos como un observador crítico de la cotidianeidad, cuestionándonos el habitar y las relaciones que establecemos como sociedad.

Este tema también es explorado en Cigarra (Barbara Fiore Editora, 2018), segundo elegido como imprescindible en este boletín, donde un insecto trabaja toda una vida como digitador en un edificio corporativo, sin reconocimientos ni ascensos, siendo despreciado por sus compañeros, pese a su entrega total al trabajo. Este álbum registra el acoso laboral, la verticalidad, la discriminación y la invisibilidad de ciertos trabajadores –en especial, los emigrantes–, y cómo el trabajo se puede convertir en el eje estructurador de una vida. 

Shaun Tan reconoce en una entrevista publicada en el mismo sitio web de la editorial, que la historia de Cigarra se conformó en parte por las experiencias de amigos y conocidos empleados en grandes empresas o corporaciones, así como por el recuerdo de su padre, Bing: “Era muy trabajador, pero su inglés era pobre. Trabajó como arquitecto en diferentes oficinas a lo largo de su vida y a menudo tengo la impresión de que sus conocimientos no fueron valorados en varios de estos lugares”, señaló.

 

«Cigarra» (BFE, 2018)

«Cigarra »(BFE, 2018)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La idea de la cigarra como el insecto que debía estar al centro de esta maquinaria que lo aprisiona y aplasta, tiene su origen en la abundancia de estos insectos en Melbourne, capital donde vive actualmente el autor. Las carcasas vacías de las larvas, la piel desechada luego de toda una breve existencia color verde lima, sirvieron de inspiración para dar forma a esta sobrecogedora metáfora sobre la mortalidad y la resistencia: “En otra parte vi un documental sobre el ciclo vital de las cigarras y sobre que pasan hasta 17 años en el subsuelo antes de salir a la superficie para avasallar a sus depredadores, reproducirse y morir en un glorioso y breve periodo de tiempo. Parecía una especie de concienciación elevada de la vida comprimida en un acto final muy corto”.

La carencia y la simpleza es una constante en esta historia, siendo reforzada tanto en el texto como en la ilustración; el conjunto de palabras es tan simple y expresivo, que aporta empatía y da un “apoyo lúdico” a la dureza de la historia: por ejemplo, la ausencia de conectores nos recuerda la barrera idiomática de algunos inmigrantes y la repetición, al paso del tiempo inclemente:  “Diecisiete años. Sin ascenso. / Recursos humanos dice que Cigarra no es humana. /

No necesita Recursos. /  ¡Tac. Tac, Tac!”

Las ilustraciones en Cigarra, predominantemente grises, aportan también a esta sensación de penuria. El juego cromático de una paleta marcada por verdes y rojos, y los grises que derivan de la combinación de ambos colores complementarios, junto a la composición de los espacios, muestran un ambiente aséptico, propio del mundo empresarial. La iluminación otorga un aire fotográfico que, en algunas láminas, logra un realismo conmovedor, dando vida a este personaje que nos recuerda ineludiblemente al Gregorio Samsa de Franz Kafka, protagonista de La metamorfosis (1915). El efecto realista es conseguido a través de estatuillas de cerámica, fabricadas por el autor, que sitúa en dioramas (maquetas), cerca de las ventanas y que luego usa de modelos para sus pinturas. 

Las estatuillas no son un recurso nuevo en los libros del australiano. Hace un par de años nos deleitó con Los huesos cantores (Barbara Fiore Editora, 2016), un libro donde exploró la interpretación de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, a través de dioramas y esculturas. En ese libro el autor recuerda las dulcificadas versiones de cuentos que llegaron a él en su infancia, ya sea a través de Disney o por los libros de la biblioteca de su ciudad natal, Perth, la cuarta más poblada de Australia. Fue en la adultez cuando descubrió la complejidad y perdurabilidad de estos cuentos. Ya lo dijo en el mismo libro: “Los hermanos Grimm representan la fantasía escapista, más encantadora que oscura, sobre todo en estas versiones más suavizadas y decorativas”.

«Los huesos cantores» (BFE, 2016)

Pero este trabajo se remonta a años atrás. Cuando Shaun Tan comenzó a elaborar pequeñas esculturas para la edición alemana de Cuentos de Grimm contados por Philip Pullman (2013), una recopilación escrita por el autor de la trilogía La materia oscura. Y aunque luego las ediciones inglesa y norteamericana no llevarían el trabajo de Shaun Tan –al menos en el interior del libro–, esto no fue impedimento para que el australiano continuara creando estatuillas que, finalmente, pasarían a formar parte de Los huesos cantores, motivado por la mezcla entre lógica e irracionalidad, la convivencia de lo onírico y lo real existente, junto al poder de surcar los siglos y permanecer de los cuentos de hadas.

Cada una de las escenas es acompañada de un fragmento del cuento rescatado de la adaptación de Pullman, generando una especie de antorcha, que ilumina y hace aflorar las osamentas de las historias; nos recuerda la esencia, la escena central que, al ser acompañada de las esculturas, logra emerger lo perturbador, lo enigmático y lo ancestral.

La materialidad de las esculturas realizadas en arcilla y piedra dan un aspecto fosilizado, que sumado a la forma y colores, inspirados en las estatuillas precolombinas y en los inuits, dan la sensación de restos arqueológicos, traídos por Shaun Tan al presente gracias al montaje y la iluminación. Del mismo modo, las historias de los hermanos Grimm tienen su origen en cuentos populares que han pasado de boca en boca a través del tiempo, reinventándose en cada ocasión, para formar parte del esqueleto de la sociedad vestidas de contemporaneidad.

Al revisar estas obras de Shaun Tan, vemos asomar sus grandes problemáticas: la permanencia en el tiempo, por la capacidad de estas historias de reflejar lo profundamente humano; y la delgada línea que separa la frontera entre lo onírico y lo real, siendo la ilustración el puente vinculante entre ambas tensiones, que permite al lector convivir simultáneamente en ambos.

 

Este artículo fue publicado en agosto de 2019 en el boletín n° 9 del comité de valoración de libros Troquel.

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