La ordinaria humanidad de Watertown

Escapar de la realidad doméstica y anodina puede resultar sumamente difícil. Hasta el punto que para algunas personas ser un sujeto más del montón puede resultar realmente asfixiante. Watertown (Norma Editorial, 2017), del ilustrador y dibujante francés Jean-Claude Götting, es una novela gráfica inspirada en el género negro que muestra cómo existir a través de la obsesión.

Por Nicole Jara R.

Götting es mundialmente conocido por ser el ilustrador de las portadas francesas de Harry Potter. No obstante, el autor tiene varias novelas gráficas aclamadas por la crítica, también relacionadas con el género negro como Black Dog (Casterman, 2016), Noir (Barbier-Mathon, 2012), Happy Living (Éditions Delcourt, 2007), entre otras. En Watertown, en tanto, el autor nos ofrece un reflexivo thriller psicológico con una atmósfera misteriosa y cinematográfica.

Cuando un pesado mueble cae sobre un pastelero hasta matarlo, todos en el pueblo piensan que ha sido un accidente, a excepción de Philip. Él ha sido el único que conoce las últimas palabras de Maggie, la ayudante del pastelero quien, además, se ha esfumado de la pastelería donde trabajaba. Solo fue necesaria una frase para que Philip Whiting decidiera cambiar su existencia: “Mañana no estaré aquí”. Estas palabras determinarían un cambio fundamental en su rutina. Había decidido pausar su vida de oficinista y ascenderse a sí mismo a detective.

Lo que sucede a continuación fácilmente podría pertenecer a una novela de Paul Auster. Por casualidad, dos años después, mientras el protagonista visitaba a su hermano en el pueblo vecino, cree reconocer a la desaparecida Maggie en una tienda de antigüedades. Entonces, sin más herramientas que su curiosidad por saber si Clarke fue asesinado y cuán involucrada estaba aquella misteriosa dependienta, Philip comienza una ardua búsqueda para esclarecer la verdad.

Si bien la narración recoge los elementos del thriller para introducir la investigación del autodenominado detective Whiting, son los dibujos los encargados de transmitir la sensación de suspenso que atraviesa toda la obra. Los paisajes realistas y urbanos característicos del realismo americano ayudan a resaltar la melancolía de la historia, e inevitablemente recordamos las pinturas de Edward Hopper, pues es imposible no comparar el trazo y estilo de Götting con el pintor estadounidense.

Los cuadros de Hopper muestran situaciones cotidianas cargadas de intensidad, algo muy similar a lo que sucede en Watertown. La obra introduce al lector en una aparente tranquilidad gracias a su textura y paleta de colores; tonos amarillos, azules y marrones. Estos, al compenetrarse con las gruesas líneas que trazan los contornos, consiguen una imagen sucia y opaca que recalca el espíritu pesimista de la novela negra.

Por otra parte, los planos contribuyen a mantener la atención del lector. Esto es fundamental para el estilo de Götting, ya que al omitir onomatopeyas y líneas cinéticas, son necesarios otros recursos narrativos para dar énfasis y dinamismo a las viñetas. Por ejemplo, los primeros planos conceden información adicional a la perspectiva del protagonista y gracias a eso es posible deducir que los acontecimientos no van en la dirección correcta. En algunas viñetas los rostros de los personajes secundarios parecen escépticos ante la figura de Philip Whiting.

En cuanto al guion, la construcción del personaje principal es fundamental para el engranaje de la novela. Los personajes obsesivos no son raros en la literatura, pensemos en Jean-Baptiste Grenouille en El perfume o en Annie Wilkes de Misery, ambos personajes conocidos por la brutalidad de sus acciones. O más cercano a la novela negra, está Tom Ripley creado por la maestra del suspenso Patricia Highsmith. Todos los personajes mencionados cometen irrefrenables crímenes debido a sus obsesiones. En cambio Philip busca evolucionar e ir contra su invariable destino de oficinista, aunque el resultado es casi doloroso de observar. El protagonista de Götting está en el borde de una crisis existencial y cuando la situación lo devora por completo, se acaba la historia.

No hay violencia ni persecuciones al asesino. Tampoco hay personajes intrínsecamente perversos como los creados por Highsmith. Jamás podríamos imaginar a Philip como un Tom Ripley, ya que es incapaz de engañar a nadie y hasta el final cree ciega e ingenuamente en su teoría inicial, lo cual resulta frágil y conmovedor. Muy por el contrario, los otros personajes mencionados han decidido seguir adelante estando conscientes de su situación, tal como ocurre en Ciudad de cristal, de Paul Auster:

“El primero era decirse que ya no era Daniel Quinn. Ahora era Paul Auster, y con cada paso que daba trataba de encajar más cómodamente en las estrecheces de esa transformación.”

Mientras en esta novela el protagonista es quien decide suplantar a un detective, en Watertown Philip no se hace pasar por nadie, simplemente decide involucrarse en un caso cuya resolución parece no importar en el pueblo, ni siquiera al sheriff. Desde esa premisa, lo trágico va sobreponiéndose a la propuesta detectivesca a medida avanzamos por las páginas.

Frente al lector, la ordinaria humanidad de Philip salta a la vista, quizá por lo mismo el relato es tan magnético; queremos que triunfe. La atmósfera de la obra tiene una fuerza contenida, una inexplicable sensación de desasosiego que invita a no soltar la obra hasta saber qué sucederá con él. A medida avanza la novela, la intensidad se vuelve casi insoportable generando un estupendo y sorpresivo final.

Esta reseña fue publicada en agosto de 2018 en el boletín n°7 del comité de valoración de libros Troquel.

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