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María José Ferrada: la nueva voz de Chile

Poeta y narradora, María José Ferrada es la autora chilena que más hemos leído y recomendado en nuestro comité, sus libros han aparecido en todos nuestros boletines de Imprescindibles. A sus 42 años, tiene a su haber variadas ediciones, colaboraciones y premios, en nuestro país y en el extranjero, convirtiéndose en protagonista ineludible de la literatura latinoamericana actual.

Por Astrid Donoso H.

Un auditorio repleto espera la presentación de Kramp en el Espacio O del barrio Lastarria, en Santiago. Dentro del público un grupo de hombres, vestidos de forma casi idéntica, se asoman entre los ávidos lectores que esperan el lanzamiento de la primera novela de María José Ferrada. Son los vendedores viajeros, una especie casi en extinción debido a la acción de los supermercados y grandes tiendas que poblaron las ciudades y los pueblos, eliminando a sus competidores. Atrás quedaron farmacias, verdulerías, ferreterías, almacenes y panaderías, oficios que María José ha querido plasmar en su primera novela y algunos poemas que nos acercan a un Chile casi olvidado, a una postal desteñida de los ochenta, una imagen nostálgica como sus libros.

María José Ferrada es la nueva estrella de la poesía infantil chilena, un género que –si bien tiene protagonistas claves– parece no contar con demasiados lectores. En el caso de esta periodista y máster en Estudios de Asia y Pacífico, la tendencia parece revertirse: su trabajo amplía el registro a obras que no solo atraen a grandes y chicos, sino que también cautiva a la crítica especializada y a los jurados de diversos países, donde sus obras han proliferado en catálogos y colaboraciones.

En el año 2014 recibió el premio Academia Chilena de la Lengua, el premio Municipal de Literatura de Santiago en la categoría LIJ, el premio Marta Brunet y la Medalla Colibrí. Luego, en el año 2017, obtuvo una mención honrosa en los Ragazzi Awards de la prestigiosa Feria del Bolonia (Italia), el premio de poesía Oreste Pelagatti de Tronto (Italia) y el premio a la Mejor Novela por el Círculo de Críticos de Arte. Un año después recibió el Premio Fundación Cuatrogatos y el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños; y en nuestro país, el premio a las Mejores Obras Literarias, categoría novela, que entrega el Ministerio de Cultura, el premio Municipal de Literatura de Santiago y la Medalla Colibrí de IBBY Chile.

Impresionante, ¿no?

 

Los inicios

Han pasado catorce años desde su primer libro autoeditado, 12 historias minúsculas de la tierra, el cielo y el mar (autoedición, 2005), y en estos agitados años ha producido más de una veintena de títulos, que se han convertido en una especie de revolución literaria en este planeta llamado Chile.

Si bien su trabajo no parece estar concebido como libros para niños, el lenguaje y el ritmo invitan a detenerse a observar: a descubrir todo con la mirada como si fuera la primera vez que nos encontramos frente a la silueta de una sombra en un jardín o al rocío que arropa por las mañanas el paisaje. Es por esto que cuando un adulto se enfrenta a sus textos y los lee con las pausas que toda poesía amerita, algo muta, algo se conmociona en él, pero sin estridencias. La poesía de María José no es altisonante ni ruidosa. Con una innegable herencia del mundo japonés, su trazo es de mareas suaves y la invitación es siempre a la pausa, a mirar alrededor de uno y entonces, vernos reflejados en sus palabras.

Hablar de cada uno de los libros que ha editado o donde ha participado sería hacer una lista larga y un poco injusta. Injusta porque a pesar de su extensión, no da cuenta del verdadero impacto al reposicionar a la poesía y a la literatura infantil como LITERATURA, así, con mayúsculas. En su obra no hay una mirada edulcorada de la niñez, ni de sobreprotección o subestimación. María José, en cambio, construye una complicidad nostálgica que, de alguna forma, le permite continuar la exploración del mundo con la maravilla de verlo todo como cuando era niña.

La materialidad de las cosas son elementos que pueblan su trabajo. Esas cosas pequeñas, diminutas a veces –una taza olvidada, el musgo que cubre algunos árboles o el brillo de un martillo– cosas que algunos desechan, que otros ya no recuerdan y que a pesar del espacio que apenas ocupan en este mundo, funcionan como un reflejo de algo mucho más grande que habita en nosotros.

 

«Guardianes» (Amanuta, 2018).

 

El llamado de la naturaleza

Apenas abrimos Guardianes (Amanuta, 2018), libro que reúne a María José con la artista plástica española Mo Gutiérrez Serna, experimentamos regocijo al ver una obra perfecta, que se ha editado con cuidado y que se ha pensado desde una mirada atenta a los detalles, de lo que no se dice y de eso que podemos completar como lectores. El libro hereda algo del sintoísmo, la religión nativa de Japón, al pensar en los kami (los guardianes de la naturaleza, de los fenómenos naturales), a los que la poeta añade recuerdos y palabras, como si fueran tangibles como los pájaros, las flores o la espuma.

Guardianes es un libro profundamente espiritual donde una frase es esencial para comprenderlo: “En ese lugar nos encontramos con dios. Dios es un ciervo minúsculo, lo sabemos porque escuchamos latir su corazón”. Legado quizás también de la Mistral, pero sobre todo de su madre que, según sabemos, vive en el campo atenta a los vuelos de las luciérnagas y otros eventos transcendentales de la naturaleza. Este relato, teñido de herencias maravillosas, es un poemario íntimo que se expande hacia el paisaje que nos rodea y que escasamente nos detenemos a observar con la contemplación y respeto que amerita.

Volvemos a la naturaleza con El árbol de las cosas (A buen paso, 2015) que, a mi parecer, se hermana en alguna medida con Mi cuaderno de haikus (Amanuta, 2017) al abordar el paso del tiempo, de las estaciones. Mientras en el primero el tiempo transcurre paralelamente en la vida de una niña llamada María y su jardín, en el segundo –que incluye un actividario–, se muestra una mirada particular del paso de las estaciones. En ambos casos, existe una nueva y fuerte vinculación con el mundo de las flores, de las hojas que nacen, crecen y caen. No hay intento de asir el tiempo ni detenerlo, solo de observarlo transcurrir. En ambos casos, las manos de los ilustradores Miguel Pang y Leonor Pérez, muy distintas entre sí, aportan un brillo especial a las palabras.

El escritor norteamericano H. D. Thoreau, creador del Walden, la vida en los bosques (1854), decía algo así como que el tiempo no es sino la corriente en la que estaba pescando. Ese amor por la vida misma, por sus detalles, por las acciones más nimias que nos vuelven humanos. Ese afán por permanecer en medio de la naturaleza, con su ritmo, con la prodigiosa maravilla de cada pequeño brote, cada amanecer, cada gota que humedece las hojas bajo nuestros pies. Esa inclinación es natural a ambos escritores, aunque medie más de un siglo y medio de diferencia, e incalculables kilómetros de distancia y circunstancias.

Otro creador surge entonces, el cineasta ruso Andrei Tarkovski, que en su maravilla de libro Esculpir en el tiempo (1986), mencionaba sobre su trabajo: “Tender hacia la sencillez es tender a la profundidad de la vida representada, pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas en un proceso de creación”. Algo que sin duda es tarea en la obra poética de María José, quien consciente o no de esta idea, busca plasmar de forma sencilla aquello que es más bien milagroso en la vida. Milagroso en el sentido de su arquitectura perfecta y divina, casi incomprensible. Misterioso en el sentido de cómo un abejorro se lanza al vuelo, las flores se abren cada mañana para saludar al sol o las nuevas hojas tiernas se desenrollan de su útero y crecen en las ramas de los árboles.

En La tristeza de las cosas (Amanuta, 2017), realizado junto al español Pep Carrió, la escritora vuelve a uno de sus tópicos habituales. A la existencia de esos artefactos cotidianos que uno ocupa sin mediar reflexión y que, ante la ausencia forzada, se convierten en estandartes de aquellos que ya no están. Si bien está inspirado en los objetos de la Sala de la Memoria del Parque por la Paz en Villa Grimaldi, excentro de tortura del régimen de Pinochet, los objetos podrían pensarse en diversos lugares y situaciones, aunque siempre la pérdida, la despedida abrupta o inexistente es protagonista. Imposible no pensar en el poema de Gonzalo Millán “Apocalipsis doméstico”, que si bien tiene otro relato –el fin de una relación amorosa y los rastros de esa separación en los objetos que habitan el hogar en común– mantiene el abandono de los objetos como reflejo de la ausencia de aquellos que usaban esos artefactos a diario, y por consecuencia, el dolor de ser destinos no satisfechos. La taza como una taza.

Hay una canción del grupo británico Divine Comedy que se llama –tal como el poemario del irlandés Seamus Heaney– Death of the supernaturalist, y que tiene una frase notable que bien puede aplicarse a este libro y a la literatura que ha construido María José: See what can’t be seen, between the table and the chair (“Mira lo que no se puede ver, entre la mesa y la silla”). La invitación es a observar ese espacio donde queda la existencia misma y donde vivimos nuestra vida, nuestras relaciones con otros, con las cosas y con nosotros mismos. Los objetos cotidianos se tornan de alguna manera en espectros animistas que dan cuenta de lo que sucede con las personas que las rodean. No son protagonistas, son el medio en que los poemas hablan de lo verdaderamente importante, sin nombrarlo, sin delinear más que su sombra.

 

Es algo mucho más profundo y vertebral, es la convicción de ser parte de algo más grande y diminuto a la vez, que nos ancla a esta tierra, a nuestra infancia, a nuestras sombras.

Un jardín (A buen paso, 2016), junto al diseñador aragonés Isidro Ferrer, es quizás la máxima expresión de esa vocación por la naturaleza, por la sacralización del mundo en que vivimos. Pero una sacralización que valora esa conexión que hemos perdido con lo que nos rodea, sin religión de por medio. Como versaba de alguna forma Walt Whitman en su Canto a mí mismo (1855) y luego en Hojas de hierba (1855): “Creo que una hoja de hierba no es menos que la jornada laboral de las estrellas, y que la hormiga es igual de perfecta, y un grano de arena, y el huevo del reyezuelo, y que el sapo arbóreo es una obra maestra de la mayor envergadura, y que la zarza trepadora podría adornar los salones del cielo.”

La naturaleza es capaz de contenerlo todo, de decirlo todo, en ella nos perdemos y nos encontramos. Y María José intuye eso muy bien. Esa noción no es una conexión intelectual, como quizás lo fuera en otros escritores –por ejemplo en Miguel de Unamuno, quien navega hondo en palabras y en la relación con la humanidad de la cual pretende alejarse–. Es algo mucho más profundo y vertebral, es la convicción de ser parte de algo más grande y diminuto a la vez, que nos ancla a esta tierra, a nuestra infancia, a nuestras sombras y a las raíces que impiden que esta tierra se vuelque en artilugios intelectuales desprovistos de emoción y ternura, y se disperse inútil como tierra seca entre los dedos. Poeta por excelencia, quiere situarse en esas pausas, en esas contemplaciones, como lo verdaderamente esencial de la vida.

 

«Mexique» (Libros del Zorro Rojo, 2017).

 

Imprescindibles Troquel

Kramp (Emecé, 2017) es una palabra inventada. En una entrevista, María José señaló que sonaba a industria alemana, y por ende dotó de tornillos y martillos al padre de este libro, un vendedor viajero que parece ser el recuerdo de otra época. La complicidad que vemos en la relación de la pequeña protagonista con su padre está teñida de nostalgia, de ternura y de cierta sensación de que el padre y ella habitan un lugar mundano, como si fueran pares. Esto en contraste con una madre algo más esquiva y ausente –más azul por así decirlo–, teñida de pena; donde a la pequeña le cuesta más generar un puente de entendimiento como el que tiene con su papá, quien termina por convertirla en su socia, como si él, a la vez, fuera también un niño.

De corte autobiográfico, según la misma autora lo ha subrayado, Kramp ha tomado los recuerdos propios de esas experiencias de niña recorriendo pueblos y ferreterías sureñas, las historias contadas por otros, ciertos personajes que parecen sacados de películas, para crear un universo donde quien rige todo es el gran carpintero. Si bien su padre en la vida real no vendía artículos de ferretería, aún se resiste al cambio de los tiempos y sigue ejerciendo.

El interior de los colores (Planetalector, 2016) la lleva a su tercer proyecto junto al diseñador chileno Rodrigo Marín Matamoro, después de Escondido (Ocholibros, 2014) y La infancia de Max Bill (Santillana, 2016). Este relato es un juego, una invitación, un llamado a la imaginación. Hay una fuerte conexión con el mundo natural, algo que siempre está de una u otra forma en sus libros. Un punto de color nos inclina a pensar en el tibio sol, otro en una flor de cerezo con su perfume. Es inevitable recordar a la Caperucita Roja de la artista suiza Warja Lavater, pero en el caso de El interior de los colores, la abstracción está reducida a puntos de colores. No hay que ajustar la mirada y ver el relato, sino que cada ilustración o ausencia de ella, es un poema, una ventana, un relato en sí mismo y donde vemos más de lo que una abstracción geométrica puede alcanzar.

Editado en México por Alboroto a fines del 2018, Mi barrio es el último libro que conocemos de María José. Aún no ingresa a lectura en el Comité Troquel, pero la tentación de incluirlo es inmediata e imperativa. Ilustrado por la recientemente premiada Ana Penyas, la primera mujer en ganar el premio Nacional del Cómic, en España, y creadora de Estamos todas bien (seleccionado por Troquel en el boletín n° 7), se aleja del entorno de la naturaleza para volver a la ciudad. Una urbe que recuerda mucho a la de esas dos abuelas que Penyas ya festejó en su novela gráfica editada por Salamandra Graphic, en 2017.

A diferencia de la gran mayoría de los otros libros de María José, la protagonista de Mi barrio no es una niña, ni un grupo de niños, ni la infancia ni la naturaleza, sino una mujer mayor, una vieja que vive a sus anchas en un mundo que permanece allí para ella, casi inalterado, para que ella lo recorra, salude a sus vecinos y viva alegre una vida íntima, hecha a pasos sobre las calles, sobre el autobús, cercana a los rincones que han hecho que ella reconozca su propia existencia, anclada feliz en esos bordes.

Es un libro a escala humana, una pequeña mirada al mundo de esta mujer ya mayor que sale a recorrer las calles de su barrio, a reconocerlo todo, como terreno seguro, un nido confortable por lo conocido, por saber que esa especie de pausa del mundo le permite gozar todo sin sobresaltos, sin sorpresas. Sabiendo que al final del día, esa vida que se extiende o se estrecha es solo como un par de medias: adaptable. Y que al regresar a casa, podrá sacarse esos calcetines y mirar tranquila la televisión en su sofá, mientras todo sigue estando tal cual allá afuera. No hay peor incertidumbre que lo inesperado.

 

La infancia fracturada

Resulta imposible no hacer una mención a otros tres libros de María José que abordan el tema de la infancia ultrajada por la violencia, la dictadura y el exilio. Es quizás el grupo que demuestra la otra faceta de la poeta: el compromiso político y el convencimiento de ser una voz que se alza frente a las injusticias en la infancia.

Partimos con Niños (Grafito, 2014), su obra más impactante y conmovedora, puesto que rescata el nombre 34 niños asesinados –dos de ellos desaparecidos– por la dictadura militar que gobernó nuestro país, luego del Golpe Militar de 1973. Cada poema, ilustrado por el argentino Jorque Quien, lleva un nombre, una mirada a un instante de esa infancia, para luego habitar el silencio. Hay una delicadeza en abordar el proyecto, en escribir para esos chicos, emplear de alguna manera su voz para no olvidarlos, para bordarlos en nuestra memoria. Niños es un libro de carácter universal, que ya ha sido editado en México, gracias al compromiso de Ediciones Castillo. Para el mediador Adolfo Córdova este libro significó lo siguiente: “Recuerdo que me sorprendió la brevedad y la estructura de cada poema, como si la autora hubiera desenvuelto los pliegues secretos de un haikú. Quedaban luego la sencillez y cercanía con la que describía las distintas acciones, deseos y pensamientos de varios niños y niñas. Hacía que el espacio de juego, libertad y mirada para cada uno de ellos se expandiera, ganara tiempo… Y después, golpeaba la realidad.”

En Mexique (Libros del Zorro Rojo, 2017) aborda la infancia sometida a condiciones extremas. En plena Guerra Civil Española, 456 hijos de republicanos debieron embarcar desde Burdeos a Morelia (México), en una medida que pretendía que durante la guerra los niños y niñas estuvieran a salvo. Pero ante el triunfo de la dictadura del militar Francisco Franco, los meses se convirtieron en años y así, en un exilio definitivo. Ilustrado por Ana Penyas, es un libro que narra estas infancias despojadas de su país natal y con un futuro incierto, huérfanos de la tierra que los vio nacer y extranjeros en un país nuevo.

Así como sucede en Otro país (Planetalector, 2016), se aborda la migración en evidente paralelo con la situación que estamos viviendo. No solo el peligroso viaje que muchos niños deben hacer, sino el llegar a un lugar que no les pertenece del todo, siempre con la nostalgia de retornar a un hogar que nunca volverá a ser el mismo. El trabajo realizado junto a la ilustradora chilena Francisca Yáñez –con quien hace una dupla poderosa– da cuenta de ese territorio incierto en que viven quienes migran, donde los niños son las principales víctimas ya que, incapaces de decidir por ellos mismos, son arrastrados por los vaivenes de un mundo absurdo, que obliga a enfrentarse a situaciones inesperadas, vertiginosas, peligrosas y confusas.

 

A modo de cierre

Plasmar historias mínimas o las infancias fracturadas, así como lo hace con la naturaleza o con los objetos cotidianos olvidados por el paso del tiempo, son la columna vertebral de la obra de María José Ferrada. Su trabajo tiene una preocupación por poner en evidencia aquello que es intangible en nuestra relación con otros, con la tierra, con esa taza que dejamos manchada de café; sus textos se vuelven una resistencia al olvido, un restaurar esos momentos preciosos y llenos de certeza por lo maravilloso, por el milagro de lo cotidiano y que no se pierda en las urgencias.

María José subraya la importancia de aquello que se desvanece con el tiempo, así como lo hacen los haikus en esa celebración por las finitas flores de cerezos bajo el agitado viento de la mañana o el canto de un grillo que se pierde en el ruido de una llovizna. Al mismo tiempo, nos confronta a la realidad de los desplazados, de los viejos, de los niños sin opinión, de los vendedores viajeros, que ya poco y nada tienen que vender.

Esta pausa que nos propone para experimentar el mundo que nos rodea, contenida en el término japonés Mono no aware (“una empatía hacia las cosas”), y dejarlo marcado en papel, volverlo constelación de estrellas en el firmamento, así, tal cual, sobre nuestras cabezas. Para que no lo olvidemos.

Esta reseña fue publicada en marzo de 2019 en el boletín n° 8 del comité de valoración de libros Troquel.

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3 Comments

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  2. […] no tiene y viceversa. Es una cuestión de musicalidad, de savia. Por poner un ejemplo, Kramp, de María José Ferrada, es una obra que no podría haberse escrito en España. Tiene una música, una intimidad, que yo, […]

  3. Una mirada a la obra de Tom Gauld – Troquel el mayo 30, 2019 a las 13:18

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