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Más (y mejores) espacios para la lectura con los jóvenes

El panorama actual de la literatura no desconoce la existencia de una literatura juvenil con todas sus letras. Se escribe sobre ella, se plantean cada vez más preguntas, cursos, seminarios, encuentros que intentan abordar una cuestión latente, compleja y esquiva, pero a la vez desafiante. Varios estudiosos en este campo dan por sentado que la lectura juvenil efectivamente existe (García Padrino, 2001; Ruiz Huici, 1999) y que las preguntas que se pueden desprender debieran adoptar otras direcciones, pese a que el horizonte que se asoma no es aun de nítidos colores.

Por Macarena Pagels S.

Uno de los temas que personalmente me alienta a seguir trabajando es la relación que podemos construir y fortalecer entre  libros, lectores y mediadores. Aidan Chambers lo llama “círculo de la lectura” (2007, p.15), un espacio dispuesto para la construcción colectiva de los múltiples significados que suscita el encuentro con la literatura. Desde la experiencia del escritor británico, la conversación juega un rol fundamental en la generación de hábitos lectores durante la infancia, por un hecho bastante evidente que a veces no tenemos en cuenta: “al ayudar a los niños a hablar de sus lecturas los ayudamos a expresarse acerca de todo lo otro que hay en sus vidas” (Chambers, 2007). Por eso, ayudar a niños y jóvenes a hablar bien de sus lecturas es uno de los imperativos que todo mediador debiera considerar dentro de las diversas iniciativas y programas de incentivo a la lectura que proliferan hoy en día.

Además de reivindicar este espacio de intercambio Chambers nos recuerda que en el círculo de la lectura todo comienza con la selección. La selección de un libro para leer es esencial antes que empiece la lectura, así como la selección de un tema para conversar, es esencial para iniciar cualquier diálogo. Sin embargo, cuando se trata de mediación lectora con adolescentes y jóvenes, aparecen en escena aspectos como la calidad de las obras, la intencionalidad que pueden ocultar aquellos textos producidos “a la carta” para una juventud ideal, así como el lugar que ocupa la paraliteratura dentro de la Literatura con mayúscula. Cuestiones que repercuten, sin duda, en las decisiones propias de la labor de mediación.

Creo que uno de los primeros problemas que presenta la selección de las obras cuando refiere al lector juvenil es la extrema idealización del lector. Existe un esfuerzo importante por tratar de perfilar a este lector huidizo, insertarlo en una categoría sociológica que facilite la tarea y desde allí reflexionar sobre la relación que puede construir con la literatura. Pero, como mal resultado, surgen prácticas docentes o de mediación lectora que buscan satisfacer la demanda del lector volviendo la vista hacia unos textos que se consideran “más adecuados” para estas edades, o que han sido producidos por un mercado que hace tiempo tomó consciencia de su potencial consumidor. Esto a la vez tiene como efecto una producción literaria cada vez más intencionada determinando los temas y maneras de leer que se consideran en sintonía con los gustos y necesidades de los jóvenes, acordes a su edad y etapa psicoevolutiva. La literatura termina transformándose en un subproducto y deviene en la diferenciación de una narrativa light frente a aquella que es más enriquecedora como experiencia estética (García Padrino, 2001).

Como resultado de este tipo de prácticas el mediador enfrenta el gran desafío de llevar a cabo una selección literaria que sea, por una parte, del gusto e interés de aquella juventud inmensamente diversa y, por otra parte, que no descuide las habilidades mínimas que requiere el desarrollo de una competencia literaria estrechamente vinculada a la calidad literaria.

Sin duda, es útil y necesario conocer los gustos y tendencias actuales que manifiestan los jóvenes en materia de literatura y tener un acercamiento genuino hacia las manifestaciones actuales de prácticas de lectura cada vez más compartidas entre sus pares. Solo por mencionar las distintas plataformas que se encuentran en la web, que han puesto en evidencia un fenómeno interesante de socialización de la lectura: booktubers, blogueros, revistas digitales, Wattpad, entre otras. En este tipo de espacios virtuales es posible conocer las preferencias literarias de los jóvenes, sus impresiones, sus cuestionamientos y todo lo que les suscita el encuentro con uno o más libros.

Así como es útil conocer estas prácticas de lectura que se han instalado en espacios virtuales a partir de las propias necesidades e inquietudes de los jóvenes, al mismo tiempo pone en evidencia aquello que no ocurre en espacios reales de intercambio, menos aún en las relaciones que se construyen entre jóvenes y adultos. Estar al tanto de estas tendencias me hace reflexionar aún más acerca del papel que juega la mediación lectora en la construcción de diversas formas de relación entre los jóvenes y la lectura, sobre todo a partir de cuestiones como facilitar espacios de intercambio que involucren la participación directa de los jóvenes, que permitan conocer sus entusiasmos, desconciertos o conexiones que despierta el encuentro con los libros; conversar, manifestar y expresar emociones y sentimientos a partir de un relato; resolver en conjunto sus enigmas y construir sus significados de manera colectiva.

Por esa razón, creo que una de las formas de despejar esta problemática puede ser adoptando un simple pero significativo planteamiento:

Interior con chica leyendo (1905), de Henri Matisse

considerar al joven o adolescente no como la meta, sino más bien como el punto de partida. En otras palabras, dejar de orientar la producción literaria a un lector ideal que representa la juventud, para generar espacios de socialización en torno a la lectura “desde” sus necesidades e intereses. Asimismo, experimentar en conjunto lo desafiante que puede llegar a ser un acercamiento a la literatura como experiencia estética. Como mencionaba Kiko Ruiz, “no fabriquemos, a base de renuncias y simplificaciones una literatura a la medida del joven; capacitemos al joven para leer literatura” (1999, p. 32). ¿Qué implica esto? Entre muchos aspectos, entender, primero, que el adolescente es un lector en pleno desarrollo y construcción de un canon literario propio, que se alimenta de diversas experiencias y referencias literarias que tiene a mano. Las más directas son los planes lectores en la escuela, pero también lo que se lee y comparte en sus propias redes y, por último, lo que el mercado mediante estrategias exitosas ha logrado instalar como literatura juvenil. En segundo lugar, conocer a estos lectores pero en su propia complejidad, no caer en generalidades categóricas que intentan perfilar lo que es la juventud actual. Y tercero, propiciar los espacios necesarios para que las competencias que están desarrollando los lectores jóvenes se potencien y perduren con el tiempo.

Para la investigadora Michèle Petit, lo que está en juego en la lectura de los jóvenes tiene relación con la vida misma: “la lectura puede ser, justamente, en todas las edades, un camino privilegiado para construirse a uno mismo, para pensarse, para darle un sentido a la propia experiencia, un sentido a la propia vida, para darle voz a un sufrimiento, forma a los deseos, a los sueños propios» (Petit, 1999). Volviendo a lo expuesto más arriba, parece evidente e imperativo que niños y jóvenes aprendan a conversar sobre sus lecturas para transformarlas en experiencias significativas y vitales, pero me atrevería a afirmar que los espacios para este tipo de conversaciones son escasos y discontinuos.

El rol que juega el mediador es clave en ese proceso, en el canon que construyen los jóvenes lectores, en los espacios que dispone para que pueda desplegar toda su competencia literaria, pueda expresarse, intercambiar impresiones, conocer nuevos temas, interrogarse y ejercitar reflexiones profundas a partir de la lectura.

Así como la discusión versa sobre libros, también es urgente reflexionar sobre las prácticas que facilitan la relación de los jóvenes con la literatura.

 

Referencias
Chambers, Aidan, Dime. Los niños, la lectura y la conversación. México: FCE, 2007.
García Padrino, Jaime.  ¿Existe la literatura juvenil? En Revista Cuatrogatos, http://www.cuatrogatos.org/show.php?item=216
Petit, Michèle, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. México: FCE, 1999.
Ruiz Huici, Kiko. “La literatura juvenil y el lector joven”. En: Revista de Psicodidáctica no. 8, 1999. Pags. 25-40. País Vasco, España.
Imagen de portada: Pablo Gallo
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Troquel

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