Rescate: Sendak a través de la ventana

Desde el primer boletín Troquel, publicado en 2015, editorial Kalandraka nos ha sorprendido con sucesivos rescates de la obra de Maurice Sendak, teniendo especial cuidado en mantener las características de sus primeras ediciones. Un trabajo que comenzó con la reedición y puesta en valor de Donde viven los monstruos, en 2014, y que este semestre nos sorprendió con La ventana de Kenny, el primer libro escrito e ilustrado por el gran escritor norteamericano.

Por Carolina Ojeda M.

En 1956 ve la luz el primer libro escrito y dibujado por Maurice Sendak. En los años previos, sus trabajos ilustraban los textos de otros escritores, pero ya se empezaba a conformar el universo Sendak, con trazos, colores y espacios que, más tarde, lo harían reconocible en el mundo entero.

En La ventana de Kenny (Kalandraka, 2017) se asoman por vez primera esos conflictos a los que Sendak volverá una y otra vez, porque son conflictos que no se resuelven ni en dos páginas ni en 20 años. Esta vez, eso sí, los cuestionamientos aparecen en forma de preguntas. Siete preguntas. Siete.

Preguntas a las que Kenny debe responder tras un sueño en el que se le apareció un gallo de cuatro patas: “–Aquí hay siete preguntas ­–dijo el gallo–, y tienes que encontrar todas las respuestas. –Si lo hago –preguntó Kenny–, ¿puedo venir a vivir al jardín?”.

Kenny es un niño. Un niño que tiene un oso de peluche con un solo ojo de cristal; que tiene un perro peludo que duerme bajo su cama; que tiene dos soldados de plomo que lo cuestionan. Kenny quiere vivir en un jardín; un jardín donde es de noche y de día al mismo tiempo, donde puede jugar bajo el sol y contar estrellas de manera simultánea.

En su obra, Sendak recurre constantemente al exterior para evocar ese espacio otro donde es posible dejarse llevar por una imaginación prácticamente incontenible, donde se pueden encontrar islas con monstruos, bosques que se entraman alrededor de una cama, un caballo en el tejado, una cabra encaramada en lo alto de una montaña suiza, pero también eso desconocido y ominoso que muchas veces omitimos ver, por miedo a perder o perdernos.

A lo largo de tres portadillas conocemos a Kenny, a su oso y a una embarcación que nos retrotrae de inmediato al barco en el que Max cruza los días, las semanas y los años para llegar al lugar donde viven los monstruos (1963). Ese barco que es el medio de transporte al lugar de la libertad, al lugar que solo existe dentro de cada uno de nosotros.

A través de la búsqueda de las respuestas, nos internamos en una narración que va guiando a Kenny por distintos lugares de su inconsciente y de su alma. En este viaje es posible reconocer a un niño que se ve sobrepasado por sus propios temores –sin llegar a superarlos–; a un niño que trata de imponer su autoridad por sobre sus juguetes, no aceptando los cuestionamientos que estos le hacen; a un niño que fracasa, que no siempre gana; pero que al mismo tiempo es capaz de reconocer nuevas formas de relacionarse con el mundo, con la fantasía y con la realidad.

“El caballo del tejado ha vuelto al prado donde ya no queda hierba. No se lo diré a mamá ni a papá. Dirían que es un sueño. Ellos no saben escuchar la noche.”

El oso, los soldados, su perra, son los personajes impulsores de los cuestionamientos que Kenny debe responder. Tanto Bucky –el oso– como los soldados de plomo, reclaman más atención: el niño los ha “abandonado”, no los ha cuidado como prometió y la culpabilidad infantil se hace presente. En su relación con los juguetes pareciera que los niños empiezan a “ensayar” conductas que más tarde podrán refrendar en sus relaciones con otras personas. En ese sentido, podríamos establecer un paralelo con Toy Story (1995), la cinta animada de Pixar, dirigida por John Lasseter, donde conocemos la relación de un niño y sus juguetes, sus aventuras, el miedo a perderlos y el sentimiento de apego y amistad que el pequeño ha generado con ellos.

Sendak revela magistralmente esos grandes conflictos que sufren los niños y de los que pocas veces los adultos nos hacemos cargo, ya sea por desconocimiento o por minimizar esas angustias que diariamente sufren los pequeños y que, incluso, se las inventan ellos mismos. Esta creación de mundos, hacer como si, es una práctica frecuente en los juegos infantiles. Baby, la perrita de Kenny, también sufre por su propia imaginación: “Durante una tarde entera –susurró– fingí ser un elefante. Pero no pude dormir porque era demasiado grande y no cabía debajo de tu cama (…). Y, sobre todo, me daba miedo que dejaras de quererme”.

La séptima pregunta

Era noche de luna llena y Kenny presentía que esa sería la noche que lo llevaría a un gran viaje, largo, escalofriante, distinto. La última pregunta era la única que Kenny aún no respondía y el gallo estaba por llegar en busca de las respuestas. A través de su ventana, que mira hacia adentro y hacia fuera, el gallo de cuatro patas lo interrogó. Hizo las siete preguntas. Seis las respondió; para la séptima tuvo que pensar fuerte. “¿Siempre quiere uno lo que uno cree que quiere?”.

La genialidad de Sendak se desmenuza en este libro que hay que paladear de a poco. Varias veces. Descubrir cómo cada respuesta llega; cómo los miedos, las angustias, la soledad, el amor y el miedo a perderlo, son tópicos de la vida infantil; pero también de la vida adulta.

La ventana de Kenny es una invitación a pensar en eso que pocas veces pensamos; a reflexionar acerca de aquello que muchas veces damos por sentado, sin considerar lo que otro podría estar sintiendo. Una invitación a mirar hacia dentro y hacia afuera de nuestras propias ventanas.

 

Esta reseña fue publicada en agosto de 2018 en el boletín n°7 del comité de valoración de libros Troquel.

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