Tendencias: Rebelión en la granja

Son muchos los libros protagonizados por animales que leemos en nuestras sesiones del comité Troquel. Leones dictadores, conejos depresivos, ovejas que asustan lobos, chanchas espías que disfrutan del ballet, son parte de la tónica de la literatura infantil que da voz a historias y temas complejos; una forma de poner en boca de ellos lo que los humanos –a veces–  no nos atrevemos a decir, ni a contar.

Por Claudio Aravena G.

Olivia, la espía. Ian Falconer. FCE, 2018

Esta vez sí que nos resistimos. Al principio miramos con recelo esta edición, una nueva entrega de Olivia que se asoma entre los mejores libros de este período, pero ¡cómo no quererla! Esta chancha no cambia. Sigue siendo sagaz, inteligente, envidiable y odiable a la vez. Como siempre, asiste al ballet, al museo, sigue siendo lectora voraz, sacando de quicio a sus papás, sigue con sus moños rojos, sus panties rayadas y su vestido trapecio. Y a pesar de que todo podría ser igual, Ian Falconer nos hace reír con las historias de Olivia y su familia.

En este libro, Olivia, la espía, las situaciones confusas vuelven a ser la tónica. Una conversación escuchada al pasar, producto de una travesura de la protagonista, desata una serie de malos entendidos que son resueltos con soluciones ingeniosas y hechos hilarantes: como la entrada de Olivia al escenario del Metropolitan, mientras los bailarines, atónitos, tratan de seguir con la coreografía.

Es válido preguntarse si Falconer en algún momento hará crecer a Olivia, pero ¿quién hasta el momento ha sido capaz de juntar, en pocas páginas, la gracia de una cerdita y a Rothko o Pollock en un libro para niños?

 

 

Gilda, la oveja gigante. Emilio Urberuaga. NubeOcho, 2018

Este libro bien podría estar en nuestra sección de Rescate (en esta edición mereció ese apartado Maurice Sendak y su La ventana de Kenny), porque esta historia fue escrita hace ya 25 años por el premio Nacional de Ilustración de España (2011), Emilio Urberuaga, y fue editada en Alemania, Italia y Holanda, sin pasar por su versión en español.

¿Veinte pastores para cuidar a una oveja? Sí, veinte. Es que Gilda es una oveja inmensa, gigante y estos señores vivían de ella, de su leche y de su lana, hasta que decidieron que no querían trabajar más. La solución propuesta fue matarla, cortarla en pedazos y vender su carne al mercado. Pero Gilda, con sus grandes orejas, escuchó todo y estuvo a tiempo de correr y escapar hasta llegar a la ciudad que nunca duerme: Nueva York. Y en medio del caos de la urbe, este tremendo animal cruza despavorido con ganas de esconderse hasta el punto más alto, el Empire State (en un fantástico guiño a King Kong), y desde ahí mira hacia donde puede ser su segundo hogar: el circo. ¿Será ese su lugar definitivo? En un libro entero compuesto a doble página, Urberuaga nos entrega esta Gilda inconmensurable que ocupa todos los espacios –más cuando se enoja–, y que en el fondo es de una ternura sin igual. Punto aparte son las guardas que, como en todo buen álbum, son parte de la historia. Una buena historia.

 

 

El malestar de conejo. R. Bădescu, D. Durand. Edelvives, 2017

En Francia este conejo cumple 11 años. Sí, porque en el año 2007 esta dupla editó Gros Lapin (Gran conejo o traducido como El malestar del conejo), bajo el sello Naive Editions, pero recién el año pasado llega a nuestras estanterías en español gracias a Edelvives. La escritora Ramona Bădescu es más conocida por otro personaje, Pomelo, creado junto al ilustrador francés Benjamin Chaud, el tierno elefante con más de una decena de ediciones distintas, en diversos idiomas.

Pero centrémonos en el conejo –o mejor dicho en Conejo, así sin nombre ni apellido humanos– el atribulado mamífero que se nos presenta, ya desde la portadilla, alicaído y sombrío. Conejo, con una sombra peluda tras su espalda, trata de divertirse, pero está harto y no sabe por qué. Pone algo de música, ordena el clóset, llama a sus amigos, se sienta a ver tele, pero nada puede calmar la sensación de vacío. Por más que trate, Conejo lleva consigo un enorme malestar que no lo deja en paz. Hasta que se le ocurre una idea genial: dentro de su casa, fabrica un circuito para darle salida a lo que lo aqueja.

Delphine Durand, la creadora de este personaje, nos entrega un gran animal naranja, expresivo, pero no de personalidad exuberante. Su estilo sencillo, de gran potencia y color, le da a Conejo un amplio espacio blanco donde moverse y una casa apenas marcada con un trazo negro. Punto aparte son los amigos de Conejo, en las páginas desfilan osos pardos, gatos, canguros, chanchos, perros y otros animales de aspecto indescifrable, pero de gran corazón. Tanto así que esperan a Conejo tras una puerta para sorprenderlo.

 

Cerdo cerdo. Juan Arjona, Cristina Spanò. A buen paso, 2017

Perseguimos a este cerdo por charcos, por lluvia o por granizo, ¿cómo le hacemos entender que es muy pequeño aún para tener amigos tan grandes y vivir muchas aventuras? A diferencia de los otros libros que reseñamos en este conjunto, Cerdo cerdo es musical y acá se nota el trabajo de Juan Arjona, narrador oral sevillano y parte de la compañía La Barataría, para la que hace más de 20 años escribe obras de teatro infantiles.

El texto es rítmico, de repetición (ideal para animaciones lectoras, según los comentarios del comité), mezclado con onomatopeyas que nos recuerdan a los sonidos de las granjas: oink, uhh, achís (cuando se resfría), buah.

Por su parte, Cristina Spanò, ilustradora italiana con residencia en Barcelona, nos entrega un Cerdo cerdo con una apuesta visual más contemporánea: colores sólidos, imágenes geométricas, paletas poco vista en libros infantiles: negro, rojo vino, amarillo oro, verde menta, rosa pálido y celeste; colores con los que envuelve esta historia y a un cerdo redondo y tierno, que quiere unirse al resto de los animales, que quiere disfrutar del charco, del campo y de las flores.

 

Este artículo fue publicado en agosto de 2018 en el boletín n°7 del comité de valoración de libros Troquel.

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