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Todos somos monstruos

El debut literario de Emil Ferris está marcado por premios y nominaciones. La novela gráfica Lo que más me gusta son los monstruos evidencia la cruda realidad del Chicago de los años sesenta, el horror de diversos momentos históricos o temas crueles como el bullying. El libro, un cuaderno de dibujos, representa la monstruosidad del ser humano que a veces nos persigue y otras, determina toda nuestra vida.

Por David Agurto

 

No es casualidad que en los libros destacados para este boletín se encuentre la novela gráfica Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books, 2018) de la autora Emil Ferris. Durante el año 2017 fue el cómic más aclamado por la crítica, encontrándose en más de cien listas de recomendaciones en Europa y Estados Unidos, además de recibir dos premios Ignatz y tres Eisner, y contar con un contrato para la adaptación cinematográfica. Pero, ¿qué hace tan especial al debut literario de esta diseñadora e ilustradora estadounidense?

La novela es un mamotreto de más de 400 páginas, de gran tamaño y peso. Sin embargo, eso no es un obstáculo para leerlo de corrido y desear llevarlo a todas partes. Lo que más me gusta son los monstruos tiene como protagonista a Karen Reyes, una pequeña niña de diez años que alucina con los engendros y monstruosidades provenientes de los cómics y del cine de terror de corte underground. Su obsesión llega a ser tanta que se ve a sí misma como un hombre lobo, o en este caso, como una niña lobo. El argumento inicial de la historia es simple: ha fallecido Anka –una de los tantos extraños vecinos de Karen y que consideraba en cierto modo su amiga– y la niña decide investigar el caso para llegar a la verdad. El problema es que la protagonista no tiene idea de todas las sorpresas, para bien y mal, que se topará al abrir esa puerta.

El relato es el diario de vida de Karen. Lo que distingue sus textos de otros, es que es un cuaderno gráfico donde va dibujando todo lo que va descubriendo y cómo va viviendo y asumiendo las verdades con las que se encuentra. Para esto, Ferris utiliza un recurso sencillo pero eficaz: hojas de cuaderno –o un símil de estas–, tal como los que tenía ella en su infancia en el mismo Chicago que contextualiza la historia. El esquema está bien alejado de las formas clásicas del cómic y muchas veces las escenas no se insertan en viñetas. Esto ayudará a destacar las impresionantes ilustraciones que aparecen a página completa o incluso a doble página, aunque hay que mencionar que en varias instancias ordena de forma caótica el diálogo.

En el diario de Karen hay espacio para todo. La investigación por el asesinato de Anka –sobreviviente del Holocausto, que fallece en extrañas circunstancias–, da pie a que la niña se inmiscuya en la vida y pasado de su familia y vecinos. Los monstruos definitivamente no solo están en cintas cinematográficas ni en viñetas, deambulan por el Chicago de fines de los sesenta. Es cosa de revisar algunos personajes, caracterizados de forma esperpéntica, la propia Karen que se mira como tal; su amigo Franklin que nos recuerda al monstruo de Frankenstein (1818), con un rostro lleno de cicatrices; su amiga Sandy, una chica esquelética que la admira; su hermano Deezy, un galán que enamora a diversas mujeres que siempre terminan en estados fatales; el señor Jack Gronan, dueño del edificio y gánster.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero el mundo creado por Emil Ferris también muestra los monstruos internos, el pasado y las personas que han marcado nuestra vida, los fantasmas que nos persiguen. Solo a modo de ejemplo, las cicatrices de Franklin, un joven gay amante de la moda, fueron provocadas por unos chicos que no aceptaron sus consejos de cómo vestir mejor. Para qué hablar sobre las extensas páginas dedicadas a las atrocidades sobre Anka y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial o el bullying sufrido por la protagonista. Más que denunciar las monstruosidades de instituciones o de ciertos momentos históricos, la ilustradora nos recuerda que todos tenemos demonios con los que batallar y que (casi) todos podemos ser el monstruo de alguien.

La misma autora convive con sus fantasmas. Su debut literario fue recién a sus 55 años. Previamente trabajaba como diseñadora de juguetes, época en que fue picada por un mosquito que le hizo contraer la fiebre del Nilo Occidental y perder la movilidad de casi la mitad de su cuerpo. Conviviendo con la recuperación, nació la idea de este libro, como parte del proyecto final de un máster en Escritura Creativa. La narrativa gráfica y el arte se convirtieron en su refugio.

Las ilustraciones de Ferris no son para nada sencillas. Tardó seis años en desarrollar el libro. La técnica utilizada es bolígrafo para resaltar la idea del cuaderno de Karen. El texto se lee rápido, pero es imposible no quedarse observando los detalles de cada ilustración, donde si bien destaca el negro, también aparece el azul, verde, rojo y naranjo. El libro además homenajea a diversos artistas, Bernat Martorell, Da Vinci, y Jacob Jordaens con La tentación de la Magdalena. El agasajo artístico también está dedicado a diversas portadas de cómics de terror que copian el estilo de EC Cómics, editorial estadounidense famosa en el género durante los años cincuenta.

Lo que más me gusta son los monstruos es, tal vez, un adefesio en el género, pero sin duda es un monstruo que atrapa al lector en sus primeras páginas y que hará esperar con ansias la segunda parte para poder dar respuesta a tantos misterios no resueltos en esta primera entrega.

Posted in

Troquel

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