Ilustradoras chilenas para el mundo

 

El llamado boom de la ilustración en Chile llenó galerías, convocó a colectividades, repletó estanterías de libros infantiles y juveniles. Una fuerza creativa que ha sido artífice de un movimiento que hoy relevamos en cuatro ilustradoras nacionales, presentes en cinco imprescindibles de la temporada seleccionados por nuestro Comité. Creadoras de un rico y diverso mundo propio, te invitamos a conocer su trabajo.

Por Astrid Donoso Henríquez

 

Mucho se ha hablado del boom de ilustradores e ilustradoras nacionales en los últimos 15 años en Chile. Algo de lo que dio cuenta espacios como la Galería Plop!, que reunió a diversos autores en torno a la ilustración –especialmente para niñes y jóvenes–, y que captó la atención de personas nostálgicas por la infancia, pero también otras interesadas en lo nuevo y lo lúdico. Si bien esta iniciativa que duró casi una década ya no existe como espacio físico, sí permanece el germen del cual fue principal motor, para dar paso a una variada escena de la ilustración donde cohabitan revistas, colectivos, ferias y, por sobre todo, una enorme visibilización del trabajo creativo de autores con nombre y firma propia. Algunos de estos espacios que se abren son exclusivamente LIJ, como las revistas Capa, La Mochila, Patio de atrás y Brígida; esta última, revista de cómic hecha por mujeres que va desde lo juvenil a lo crossover, dando cuenta de esta diversidad.

Si observamos ese grupo, con todas sus variadas propuestas, podemos decir que gran parte de ese movimiento en la ilustración nacional es principalmente realizado por mujeres. No exclusivamente, pero sí ha sido numeroso el surgimiento de creadoras que –a la par del auge del mismo movimiento feminista en Chile– hoy leemos y vemos en festivales, charlas y publicaciones como las que se presentan a continuación.

Créditos: luisarivera.cl

Créditos: luisarivera.cl

Luisa Rivera se ha hecho reconocida internacionalmente por su trabajo en dos ediciones ilustradas de obras de Gabriel García Márquez: El amor en los tiempos del cólera (Literatura Random House, 2019) y Cien años de soledad (Literatura Random House, 2017). El trabajo sobre la naturaleza de Luisa en esas dos ediciones rebosa en detalles, en pinceladas precisas y emotivas. Toda la exuberancia de ambos relatos se expresa en sus acuarelas, una técnica nada fácil de usar y que la artista emplea con soltura.

En aquel faro, publicado por Liberalia Ediciones el 2019, es el primer libro de su total autoría. Si bien es un texto sin palabras, narra una historia a partir de lo que mejor sabe hacer: ilustrar. Y poder hacerlo sin palabras es siempre un desafío mayor, pues entonces las imágenes deben dar sentido a un cuento, decir aquello que quizás las palabras no lograrían hacer o que incluso malograrían un proyecto.

Este libro mudo, silente, cuya naturaleza ilustrada llega quizás con un desborde muchísimo menos exótico que sus otros dos proyectos, es un potente relato. Una mujer solitaria acoge a una pequeña que llega desde el cielo guiada por aves hasta el sitio donde ella vive y trabaja resguardando un faro. Este parece ser mucho más que un haz de luz proyectada sobre el mar para el cuidado de las naves que se acercan a la orilla, entre los roqueríos; de alguna forma, tiene un sentido más profundo en la vida de esa mujer y esa niña que crece. Quizás, ese faro es más que una guía, es un haz de luz que se cierne sobre todo, sobre el paisaje, sobre las relaciones; develándolas. Y es justamente eso lo que podemos observar en este relato, ese estrecho lazo que se forma entre ambas mujeres: un vínculo abierto, limpio, de claridad total y de entrega. Luminoso pero sin aspavientos ni parafernalia.

Es por eso que creo que quizás la elección de hacer mudo este libro es tan acertada. La palabra no se hace necesaria, queda corta para la magnitud de ese vínculo y de la posibilidad de una herencia femenina más trascendente que se ve simbolizada en este faro que ilumina hacia lo lejos. Aquí la austeridad y lo mínimo tiene mayor potencia dentro de un libro que se ancla en algo que no puede traducirse en un mensaje escrito. Y al leerlo es imposible no pensar en la película Las memorias de Antonia de Marleen Gorris (1995), en ese clan de mujeres unidas a los misterios de la tierra, fortalecidas por fuerzas ancestrales más allá de la palabra.

El relato juega con una paleta de colores que parece restringida y que erige un ambiente austero, simbólicamente muy potente donde algunos elementos cobran especial fuerza. En el trabajo de Luisa vemos la luna en sus diversas fases, en medio de la naturaleza silenciosa que habita en las mismas protagonistas. No hay metáfora o símbolo más poderoso que la luna, que no solo recuerda el cambio, sino también el paso del tiempo en la vida de estas dos mujeres.

Una isla, un faro, la soledad bordeada del mar rompiendo sus olas contras las rocas. Resulta inevitable pensar en algunas voces femeninas de la literatura como Virginia Woolf. Más aún si indicamos como punto inicial y final del relato a un faro. El silencio presente, la naturaleza, la luna que por las noches compite con la luz del faro; la crianza y el traspaso de conocimientos de una mujer a una niña. En ese mismo vínculo afectivo de sororidad no hay más que entrega, un sentido vital del deber que fluye sin urgencias. El faro es necesario y no hay cuestionamiento sobre eso. La tarea de esa luz, cortando el paisaje e iluminándolo todo a su paso es esencial, ancestral.

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Esta es la tercera vez que se unen la autora Ángeles Quinteros y la ilustradora Ángeles Vargas, quienes aciertan conjugando imágenes y textos bien pensados y atractivos en una sola publicación. Esta vez es ¡Fiesta! Cómo se celebra en América (Escrito con tiza, 2019), un viaje por las celebraciones de dicho territorio, con toda la diversidad y el colorido que eso significa. Rosas intensos, amarillos deslumbrantes y azules formidables dan vida a cada celebración, otorgando dinamismo y fuerza a las ilustraciones.

En ¡Fiesta! Cómo se celebra en América la ilustradora Ángeles Vargas despliega su habilidad para conjugar colores, algo que ya hemos visto en sus trabajos previos, como El sol, la luna y el agua (Ekaré Sur, 2016) y en el seleccionado por nuestro boletín n° 7, Un año. Poemas para seguir las estaciones (Saposcat, 2018). El uso de bloques de colores saturados y expresivos, que no dejan margen a la ambigüedad y que inevitablemente conmueven es su marca registrada. Es difícil hablar de que bloques de colores sean capaces de conducir estados de ánimo tan diversos porque, nuevamente, las palabras nunca alcanzan o pecan de imprecisas. Pero el trabajo de la ilustradora, por ejemplo, en Un año es notable y es imposible no pensar en algunas obras de Rothko o en el clásico de la LIJ Pequeño Azul y Pequeño Amarillo (Kalandraka, 2016), de Leo Lionni, en el trabajo de la genial Květa Pacovská, o la maravillosa Caperucita Roja de Warja Lavater (Le Petit Chaperon rouge en el original, editado por Maeght & Les Doigts Qui Rêvent, 2008).

En ¡Fiesta! el trabajo es distinto porque se aleja de lo geométrico, pero conserva la intensidad de los colores, siempre privilegiando que sean saturados. Lo interesante es la minuciosidad por dar cuenta de los detalles de cada celebración, sumando información a los textos de Ángeles Quinteros. Tocados, decoraciones, maquillaje y máscaras son rescatados, ampliando la comprensión de cada fiesta. Así, por ejemplo en el Día de los Muertos no solo vemos la calacas coloridas que todos ya conocemos, sino que también se suma el papel picado, flores, altares y las catrinas. Una sola imagen es capaz de traducirnos de forma inmediata una fiesta, con todo el colorido que esto conlleva.

En el trabajo de Ángeles además hay siempre infancia, juego, una invitación a observarlo todo con el ímpetu de los colores, con ese asombro del cual disfrutamos en la niñez. Con una paleta de colores que privilegia los primarios, su uso pareciera aportarle música, movimiento. Vemos, por ejemplo, el festival de música hecha con bambú, cuernos y conchitas de Haití y no podemos dejar de escuchar ese tambor y sentir cierto impulso al baile.

Créditos Escrito con Tiza.

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Margarita Valdés es una ilustradora que ha transitado con holgura entre el cómic y la ilustración. La vimos en obras personales como Chikijet (Vasalisa, 2015) con su nostalgia pop de los años 80, para luego ilustrar poemas de Gabriela Mistral para Editorial SM o retratar la vida de Inés de Suárez (Amanuta, 2018). En la mayoría de sus trabajos es innegable presencia de la infancia, cierta inocencia con un tratamiento algo naif que vemos en los colores y el trazo. Pero en el caso de Objetos extraordinarios (Amanuta, 2019), vemos una nueva faceta de su trabajo: acompañado por los textos de Bárbara Ossa, da cuenta de diversos elementos de nuestra vida cotidiana moderna a los cuales apenas prestamos atención y que fueron revolucionarios en su momento.

 

Si bien es un libro que se califica como LIJ, escapa incluso esa categoría, permitiendo que la información que se entregue allí sea de interés transversal. El libro quedó seleccionado para sumarse a la colección de la New York Public Library justamente por esa posibilidad de dar información curiosa de objetos que parecieran tan cercanos y de los cuales sabemos tan poco. Nos acerca, por ejemplo, al bikini aludiendo a la cultura pop con la icónica imagen de una joven Brigitte Bardot, para luego mostrarnos diversas mujeres usando distintos modelos; o nos aproxima al recuerdo ochentero de las pizarras oscuras con tiza. O al señor leyendo un papiro en los baños romanos, en directo guiño hacia esos cuartos actuales tan multifuncionales, donde uno puede entretenerse leyendo revistas o periódicos mientras hace lo previsto, por inusual que a veces nos parezca.

 

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Nuestra última ilustradora, Sol Undurraga, tiene dos libros seleccionados por nuestro Comité: la premiada La playa (Saposcat, 2019) y El hombre mandíbula de fierro (LOM Ediciones, 2019). Mujer Gallina –apodo con el que firma muchas veces–, es ilustradora pero de formación arquitecta y ha trabajado incansablemente a nivel internacional. No solo ha publicado en Chile sino que también en distintos sellos editoriales de Inglaterra, Suiza y México. Tan bien le ha ido, que fue reconocida el 2018 con el premio Ópera Prima en la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia por la edición francesa de La playaLa Plage (L’Agrume, 2018)– y en 2019 con el Premio Green Island, Nami International Picture Book Contest, Corea, por el mismo título.

Algo interesante que hace la autora en estos dos libros es la deconstrucción de la figura humana, especialmente de los rostros. No solemos ver un rostro reconocible, sino manchas, como semblantes que han sido desdibujados por una espátula pequeña. Se percibe una intención que podemos leer como el privilegio de lo colectivo por sobre lo individual, pero por sobre todo por hacernos ver que ese que vemos en el relato no es un yo cerrado, sino que puedes ser tú, puedo ser yo.

En El hombre mandíbula de fierro de Gilles Colleu, Sol ilustra la vida de este pequeño que crece junto a su padre equilibrista en un circo. Vemos los rostros de estas personas en el público observando cómo su padre logra sostener una moto, una bicicleta, una mesa, una silla, un banco y luego una escalera sobre la cual él se sienta y lee. Lee y lee, y a medida que pasa el tiempo logra hacer sus propias piruetas alcanzando cierta notoriedad entre los asistentes. Está el recuerdo de esa infancia de viajes, de esos rostros observando pasmados ante la inquieta posibilidad de que algo salga mal en medio de una función, pero por sobretodo está el recuerdo de los libros y la lectura constante.

A grandes pinceladas, la paleta de colores juega con los primarios, pero sin dejar de detallar objetos, ciertas poses, al mismo protagonista y a su padre de gran mordida. La intensidad de algunas ilustraciones son notables, como la vista aérea del circo y todo el movimiento de camiones y elementos que se deben congregar para cada función, o el sobrevuelo de las gaviotas y el mar en medio de la carretera.

Estos grandes paisajes se le dan muy bien a Sol. En La playa, por ejemplo, los espacios abiertos son todo, en ellos nos perdemos durante un día completo junto al mar. La cantidad de personajes daría para un artículo completo y una tesis sobre la convivencia de animales antropomórficos junto a otras personas de rostros vacíos; pues, de hecho, son los animales quienes tienen rostros y expresiones. Las personas en cambio, transitan de una escena a otra sin dar muestras de lo que sucede en su interior ante la agitación del día y la belleza marina. Y también tendríamos que pensar en otros capítulos para los guiños a elementos o personajes icónicos que vemos recorrer las páginas, como un submarino amarillo o un dirigible del mismo color sobrevolando el escenario marino. Y como uno trabaja con libros infantiles, es inevitable identificar en el elefante rosa a Pomelo de Benjamin Chaud, o una reminiscencia de Babar.

En La playa las palabras son mínimas, precisas y Sol Undurraga se cuida bien de dar protagonismo a sus magníficas ilustraciones a doble página que invitan a zambullirse en ellas y a perderse en los detalles; en un par de zapatillas amarillas junto a la toalla mientras se toma el sol, en la sandía que espera ser comida o en la gente leyendo desde un Kindle (¿podrá ser?), o descubrir que quizás esas casas que se enfrentan al incendio parecen sacadas de Chiloé y sus palafitos. O que en algún punto de la narración veremos otro faro, nuevamente, iluminándolo todo.

 

 

 

 

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Troquel

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