Reseña: Nunca jamás

A Carola Martínez Arroyo no le asustan los temas complejos, lo demostró en su primera novela Matilde (Norma, 2016) en la que habla de la dictadura militar chilena y lo vuelve a hacer en Nunca jamás, cuyo tema es la muerte de una madre. Sabe qué teclas pulsar para hacernos reír o llorar con las protagonistas, sabe qué hacer para que las acompañemos en sus historias.

Por Vanessa San Mateo

Fiorella, la protagonista de Nunca jamás (Norma, 2019), el último libro de Carola Martínez Arroyo, tiene 13 años, una edad en la que se sabe lo que es la muerte, pero no se entiende, se ve como algo lejano y ajeno. Por eso, cuando en la primera página de esta novela su madre se muere, Fiorella no para de repetir “Mi mamá se murió” una y otra vez; lo dice en voz alta y en voz baja, se lo grita a su hermana de 4 años y se lo grita a ella misma, en un afán de conseguir que esas cuatro palabras le expliquen esa nueva realidad y le enseñen cómo afrontarla.

Esa es la historia de este libro, el duelo de una adolescente que, sin más remedio, tiene que comenzar a vivir una nueva vida sin su madre, con todo lo que esto significa: vivir sin su referente vital. Está narrada en primera persona, con una voz muy directa, sin melodramas y sin tapujos, consiguiendo así que nos introduzcamos en el corazón y en la cabeza de esta niña y nos preguntemos con ella: “¿Y si en vez de morirse mi mamá se hubiera muerto mi papá? ¿Habría sido igual?”.

La novela está dividida en las cuatro estaciones, una metáfora muy simple del proceso emocional de Fiorella durante ese año en el que vive el duelo con toda su complejidad. La novela no solo nos narra la caída en la tristeza más profunda (otoño) y el no entender por qué el mundo no se paró en el instante en el que su mamá murió (el invierno), sino también la asimilación de la pérdida y la continuación de la vida (la primavera) y el descubrir que ese seguir viviendo duele, duele mucho, pero se logra vivir con ese dolor y, después de un tiempo, se aprende a convivir con ese vacío inmenso y se puede ser feliz a pesar de todo (el verano).

Todo ese proceso de pérdida, Carola Martínez Arroyo lo retrata muy bien, relatando detalles muchas veces insignificantes del día a día, pero que componen con mucha lucidez los diferentes estados que va viviendo la protagonista y su entorno. Fiorella pierde a su madre y, en ese mismo instante, pierde la inocencia y la niñez. Entra de lleno y sin elegirlo en el mundo adulto, para hacerse cargo de su tristeza y de su hermana de 4 años, ya que su padre está viviendo otra pérdida, la de su esposa, que lo tiene atrapado en su cama atestado de antidepresivos. Su abuela materna tampoco se ocupa de las niñas porque está viviendo la pérdida de su propia hija. Sentimos con Fiorella esa soledad y esa impotencia de no saber ni cómo afrontar esta nueva vida ni cómo hacer que los adultos despierten de su letargo y se den cuenta de que hay dos niñas solas que los necesitan: “Capaz si él entendiera que es lo único que nos queda no estaría tan enfermo”, piensa Fiorella de su papá.

Ella comparte el duelo con su hermana Maggie, a la que cada noche le lee Peter Pan, el libro que su madre estaba traduciendo cuando murió. La historia del niño que no quería crecer y de Wendy, que se convierte en una mamá para los niños del país de Nunca Jamás, se va entremezclando con la historia de estas dos hermanas y de su familia rota. Para Maggie, Fiorella se ha convertido ahora en su mamá, pero Fio no quiere serlo bajo ningún motivo. Ella quiere seguir siendo niña e hija, quiere que la cuiden y se preocupen por ella.

Pero Fiorella empieza a vivir otras experiencias propias de la adolescencia que le hacen aún más confuso su duelo, porque sin darse cuenta permiten que siga viviendo. Un día tiene ganas de ir a una fiesta para ver al chico que le gusta y se pregunta “¿Está mal querer bailar? ¿Cuánto tiempo tengo que estar triste? ¿Cuánto tengo que llorar? ¿Si me río un poco, la quiero menos?”.

Pasan los meses y se enamora, vuelve a divertirse con sus amigas, celebra su cumpleaños, se enfrenta a su tío y a sus abuelos, que no habían sido capaces de ayudarlas en nada. Nos encontramos así ante una novela juvenil para ser leída a cualquier edad. Con una prosa espontánea, Nunca jamás nos hace vivir con Fiorella su duelo, revivir los nuestros propios y asistir a la conformación de un nuevo hogar.

Esta reseña fue publicada en marzo del 2020 en el boletín n° 10  del comité de valoración de libros Troquel.

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